Entrevista Agosto 2022: Juana Bellanato

Juana Bellanato es una investigadora especializada en espectroscopía infrarroja y Raman. Nació en 1925 y desarrolló su labor científica a partir de 1949. Realizó su tesis bajo la dirección de José Barceló y el apadrinamiento de Miguel Catalán, y ha recibido el reconocimiento de numerosas sociedades y organizaciones, como la el premio Perkin Elmer al «Mejor Trabajo de Espectroscopía de Absorción», la medalla de Plata del Comité Español de Espectroscopía (1996), socia de Honor y Medalla de Plata de la Sociedad Española de Óptica (2002), la medalla de la Real Sociedad Española de Química (2003), la Placa Institucional del CSIC (2006) o la medalla honorífica de la Cátedra de Bioética de la Universidad Pontificia de Comillas (2013). Este mes se sienta con nosotras para traernos al presente un pasado no tan lejano, contarnos cómo fueron sus inicios, alguna anécdota y cómo era la situación de la mujer en la ciencia durante el desarrollo de su actividad científica.

¿Podría explicarnos brevemente cuál ha sido el campo de su investigación? 

El campo de mi investigación ha sido la espectroscopía, concretamente la espectroscopía infrarroja y, en menor intensidad, la espectroscopía Raman. Son dos técnicas complementarias que teníamos entonces en el Instituto de Óptica [del CSIC], en el que yo he trabajado toda la vida hasta que me jubilé como doctor vinculado “ad honorem”, pasando después con mi grupo al nuevo Instituto de Estructura de la Materia, donde seguí trabajando varios años. 

La espectroscopía infrarroja se basa en el hecho de que la mayoría de las sustancias absorben la luz en la región infrarroja del espectro electromagnético, convirtiéndola en vibración molecular. Cuando una sustancia se irradia con radiación infrarroja, absorbe a determinadas longitudes de onda o frecuencias que están en relación con la estructura de la sustancia que estudiamos, por ejemplo, con los enlaces que contiene, y también con la interacción entre moléculas, que depende del medio en el que se encuentren (no es lo mismo estudiar un compuesto en estado sólido que líquido o gaseoso). La técnica infrarroja da mucha información y, tal y como yo la aplicaba, ha sido de complemento necesario a muchas tesis doctorales. Por ejemplo, una persona que estuviera haciendo síntesis de compuestos orgánicos, podía utilizar esta técnica para saber si eran puros, si había obtenido lo que quería, si era una mezcla… porque daba de una manera, relativamente fácil, mucha información de la sustancia en cuestión. 

Si tuviese que destacar un proyecto, ¿cuál sería?

Casi todo mi trabajo ha sido de colaboración con diversos grupos de investigación. Por ejemplo, trabajé con Cervezas El Águila, en la tesis de quien entonces era el director. Un proyecto que recuerdo muy bonito fue con un urólogo, el Profesor D. Luis Cifuentes Delatte de la Clínica de la Concepción, que estaba interesado en el estudio detallado de la litiasis renal. Estudiamos la estructura de diversos tipos de cálculos, la mayoría renales, para entender cuál podría ser su origen, por qué se producían, y hubo bastantes avances. Por este proyecto fuimos a muchos congresos (en Bonn, en Viena, Santander…). Fue un trabajo en equipo.

En relación con este tema, di unas clases a médicos, creo que todavía estudiantes, de la Universidad de Alcalá de Henares, en el Hospital Ramón y Cajal. Incluso estuve 2 años analizando los cálculos recién extraídos del Hospital de la Princesa.

Trabajé también con otros grupos, entre ellos, con investigadores del Instituto de Fermentaciones Industriales (CSIC), del Departamento de Química Orgánica de la Universidad de Alcalá de Henares y de la Cátedra de Química Orgánica de la Universidad de Sevilla. Era una técnica complementaria de otras técnicas y, pienso (es una opinión personal), que tiene más valor por lo que aporta para otros estudios. 

En otros trabajos también usábamos espectroscopía de resonancia magnética nuclear, y comparábamos los resultados con los de la infrarroja. Incluso, cuando estudiábamos los cálculos, una investigadora del Consejo hacía análisis químicos porque nosotros no podíamos saber qué metales contenían. Sabíamos si la molécula era, p.ej., de oxalato cálcico, de fosfato cálcico, pero no podíamos determinar con exactitud si tenía otros metales. He trabajado en muchos temas y yo creo que eso es lo más importante que puedo decir. De hecho, he recibido varios premios, he ido a congresos internacionales y nacionales, con presentación de trabajos, generalmente en colaboración. Además, he sido y sigo siendo miembro del “Comité Internacional de los Congresos Europeos de Espectroscopía Molecular” (EUCMOS). He querido dimitir en el último congreso (Coimbra) y no lo han permitido y he vuelto a insistir hace unos días y no aceptan mi dimisión. 

Durante sus estancias, tuvo la oportunidad de trabajar con grandes nombres de la ciencia e incluso premios Nobel. ¿Cómo fue para usted trabajar con hombres de tanto renombre? ¿Se sentía intimidada o era una más?

Conocí a un premio nobel, Gerhard Herzberg, pero no trabajé con él. Cuando estuve en Oxford, trabajé con el que sería poco después Sir Harold Thompson. El director del Instituto sí era un premio Nobel, Profesor Sir Cyril Norman Hinshelwood, con el que tuve poca relación, aunque cuando me lo encontraba por la calle me saludaba siempre quitándose el sombrero. No es que yo trabajara con todos, pero conocer a científicos relevantes, en el campo de la espectroscopía, sí. Estuve una semana en la Universidad de Oslo, invitada; también en Montreal (Canadá), y traté con gente mucho más importante que yo. Al principio iba frecuentemente con Antonio Hidalgo, que luego fue director del Instituto de Óptica. Los dos estuvimos en París, en Estonia…

Yo intimidada no me he sentido y creo que he representado un papel normal. Todavía mantengo relación con varios científicos de épocas anteriores. 

Durante sus estancias en otros países, ¿encontró que la situación de las mujeres era diferente allí?

En aquel tiempo estaba igual de mal en todas partes a las que fui. Estuve en Alemania y en Inglaterra con becas del CSIC y del British Council, respectivamente. En el Instituto de Física y Química, en Freiburg (Alemania), en realidad estábamos una estudiante (con la que mantuve una amistad hasta su muerte), que creo estaba terminando su tesis doctoral, y yo y luego muchos hombres; sí había mujeres como personal auxiliar. En el Physical Chemistry Laboratory de la Universidad de Oxford, solo había una mujer, polaca, y era becaria como yo.

Desde entonces, ¿nota que la situación de la mujer ha cambiado en la ciencia? ¿Qué avances cree que ha habido en el mundo científico para la mujer y, desde su punto de vista, en qué hay que seguir trabajando?

Sí, la situación ha cambiado mucho, muchísimo. Me parece muy bien que seamos iguales, hombres y mujeres, pero yo no creo que tenga que ser una lucha, sino un trabajar juntos. Creo que la igualdad tendría que ser normal sin tener que luchar para ello.

Yo he hecho varias traducciones y una fue del francés (de un autor belga amigo mío) para España y Latinoamérica. Una de las características, y de esto hace ya bastantes años, era que distinguía niños y niñas, y yo lo traduje como se hacía aquí, con el masculino que vale para hombres y mujeres, y ahora me arrepiento de haberlo corregido. O sea que en Bélgica iban más adelantados que nosotros.

Respecto a en qué hay que seguir trabajando, yo creo que en general se está haciendo bien, aunque hay que mejorar muchas cosas. Por ejemplo, me ha disgustado mucho el cese de Rosa Menéndez como presidenta de CSIC sin una razón aparente y con el disgusto de much@s investigadores.

¿Hubo alguien, algún familiar o profesor, que de niña le empujara a continuar con los estudios o fuera un referente para usted?

No es que nadie me empujara, es que yo quería seguir. Yo no tengo esa experiencia. Fui muy estudiosa, nunca quise dejar los estudios, y por eso pude luego hacer la carrera y porque pude conseguir becas. Si hubiese sacado un aprobadito en bachillerato, no hubiese podido ir a la Universidad. 

Uno de los motivos por el que las mujeres no estudiaban, era el económico. Con los chicos, los padres se esforzaban más y si tenían poco dinero, preferían que estudiase un hijo que una hija. Así mismo, como todos sabemos, el destino primordial de las mujeres era la casa y el hogar. Como en mi caso, éramos tres mujeres, en eso tuve suerte. Parece que no, pero esto era muy importante en aquella época. Además, yo era muy estudiosa y saqué unas notas excelentes en el bachillerato de entonces y en el llamado Examen de Estado. Recuerdo a una Profesora que, al terminar los estudios de bachillerato, intentó que me colocase de ayudante en el Laboratorio de la Escuela de Ingenieros de Caminos, donde estaba de Director, creo, D. Eduardo Torroja; pero no me quisieron. Ella pensó que necesitaría trabajar, supongo que por la situación en España después de la guerra civil. La mayoría, si no tenía un enchufe, económicamente tenía problemas. Sin embargo, a una hermana dos años menor que yo, también la llevó y sí se colocó allí, con lo cual tuvo que trabajar y estudiar. Al final, el que no me cogiesen como ayudante de laboratorio me vino bien porque saqué una beca. Llegué a tener hasta dos becas juntas, una del SEU y otra del Ministerio de Educación Nacional. Yo tenía remordimientos, pero me quedé con las dos debido a la situación económica de mi familia en aquella época que, como he dicho, fue mala para la mayoría de la gente. Yo siempre digo que he tenido suerte, probablemente sin buscarla ni merecerla.

Una experiencia desagradable que tuve por ser mujer es que yo, al terminar la carrera, me quería colocar. Fui a un laboratorio (creo eran Laboratorios Alter), pero solo querían bachilleres y no me eligieron por ser licenciada. Esa es la discriminación clara que he tenido por mi condición de mujer. En aquel tiempo, muchas empresas preferían hombres y no mujeres. Otro ejemplo, mi hermana (Perito Químico) buscó trabajo en la Casa de la Moneda y le preguntaron que si se iba a casar. Ella respondió que no lo sabía y yo creo que sí tuvo discriminación clara porque ella valía mucho y no la admitieron.

Yo me coloqué en el CSIC porque mi profesor de Química del bachillerato se encontró en la calle con mi hermana, que también había sido alumna suya, y le preguntó que qué hacía yo y mi hermana le dijo que estaba buscando trabajo. Él le dijo que fuese a hablar con él en el Instituto de Óptica. Trabajaba allí solo media jornada porque estaba allí y en el Instituto Isabel la Católica. Fui a verle y me propuso quedarme con él para hacer la tesis. No es que yo lo buscara, sino que ocurrió. Yo no sabía que existía el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, ni siquiera sabía que este profesor trabajase allí. Fue casualidad.

Estudió Química en la Universidad Complutense de Madrid entre 1944 y 1949. ¿Qué barreras se encontró como mujer estudiando una carrera científica en aquella época? ¿Se sintió arropada por sus profesores y compañeros?

Entonces había muy pocas universidades en España. La más importante, con permiso de las demás, era Madrid. Las niñas de gente que tenían medios económicos, de provincias en las que no había universidad, venían a Madrid a estudiar. En ese momento, en Madrid solo estaba la Universidad Complutense, ahora hay muchas más. 

Lo que estudiaban más las mujeres -esta es mi opinión y experiencia- era, además de Filosofía y Letras, Química o Farmacia. Farmacia en vistas a poner luego una farmacia. La Física nos resultaba más difícil. Si no estudiábamos Física no era porque pensáramos que íbamos a encontrar peor ambiente y más lucha con los compañeros, sino porque, al menos en mi caso, yo creía que la Física era más difícil que la Química, y a mí me gustaba la Química desde que estudiaba bachillerato. Como yo, supongo que habría mucha gente. 

Yo no creo que tuviésemos problemas con el ambiente, creo que éramos un poco indiferentes a compañeros y profesores. Una anécdota particular fue un curso especial de una asignatura y el profesor solamente eligió chicos (unos 12), para hacer prácticas especiales, con lo cual sacaron mucho mejor nota. Eso sí, lo encontré una discriminación.

No debió de ser fácil ser una mujer científica en una época en la que las obligaciones de la mujer estaban relegadas al hogar. ¿Alguna vez sintió deseos de abandonar o se preguntó si merecía la pena tanto sacrificio? ¿Repetiría los mismos pasos?

Abandonar no, la espectroscopía me gustaba y me gusta mucho. Todo fue casualidad porque yo no elegí dedicarme, precisamente, a la espectroscopía. Al terminar la carrera buscaba trabajo y tenía una formación general de la carrera de Química en aquellos momentos, en que no había especialidades. 

En 1993, cuando su carrera científica estaba desarrollada, decidió estudiar Teología. ¿Por qué éste cambio de área? 

Yo soy una persona religiosa y en mi juventud había tenido interés en estudios religiosos superiores. Próxima a la jubilación, un amigo jesuita me sugirió hacer el bachillerato en Teología (bachillerato nocturno para graduados) y empecé a hacerlo en la Universidad Pontificia Comillas. Cuando acabé, y ya jubilada, me dije, si tengo el bachillerato, ¿por qué no hago la carrera? Ahora que puedo estudiar Teología, voy a hacerlo. En mis tiempos jóvenes, las mujeres no podían estudiar la carrera de Teología en España y esto influyó, y también la muerte de mi madre y hermana con las que convivía. Al terminar, seguí colaborando en la cátedra de Bioética durante muchos años, una especialidad más adecuada a mis conocimientos.

Debido a su brillante carrera, a menudo participa en entrevistas, mesas redondas, … ¿Siente la responsabilidad de ser un ejemplo para las mujeres que llegamos a la carrera científica?

Yo no soy ejemplo para nadie. “Yo soy yo y mis circunstancias”. Mi época fue diferente a la actual. 

Para terminar, he de decir que, indirectamente, he tenido apoyo de la gente en mi carrera y, especialmente, en el Instituto de Óptica. Por decir algunos nombres, mencionaré, especialmente, a los Profesores José Barceló, Miguel A. Catalán y José María Otero Navascués. No me he sentido discriminada, empezando por mis padres. Mi padre contaba que quiso ser maestro y su padre, mi abuelo, le dijo que no, que trabajase, y creo que eso influyó en que él quería que sus hijas estudiasen. O sea, que mucho se lo debo a mis padres. Mucha gente, cuando acababa el bachillerato, se tenía que poner a trabajar. Mis padres no habían estudiado, pero querían que sus hijas estudiasen y eso ayudó mucho. Mandar a los hijos a estudiar fuera era muy costoso para las familias y el que nosotros viviéramos en Madrid, ayudó también. Y, además, me gustaba estudiar, porque si no, en mi época, no hubiese podido hacer una carrera. Así que se dieron las circunstancias, mérito mío no es.